miércoles, 14 de enero de 2026

 


Narrativa multilíneal
El ayer sobre el hoy
Bardo de la Taurina

 

Plaza México
Lo que sería el nuevo auditorio

 

De rodillas
Las ‘suertes’ y las imposiciones

 

‘El Soldado’
El que más llegó a cobrar

 

Extraño ladrar
¿Pa’ qué sirve la libertad?

 

Coincidencia

                                             ‘Manolete’ y ‘Joselillo’

 

¡Venga la nostalgia!
¿Pa’ qué escribir de los palmados?

 

¿Concursos o Caldo gordo?
Estrellas por un día

 

La Rememoración
500 años muy ojones pa’ paloma

                                      Plaza México

Como pa’ el Mundial 2026 los cálculos no renales —que esos vendrán cuando les fallen los otros— dicen que llegarán al país 5,000,000 de visitantes, esto según la ganadera o heredera de Atlanga y/o secretaria de Turismo, Josefina Rodríguez Zamora. En el improbable caso de que así sea, sobradamente alcanzaría pa’ unos seriales, en el interior, además como ya estamos en el año de meter la pata fuerte hasta se podrían aventar un golazo usando la plaza mayor pa’ instalar unas pantallas gigantes los días de la ola verde con los chíngueres de todos sabores.

Y perdóname, Santo Niño de Atocha, si por andar dando ideas nos salen con unas incruentas y aquello termina como El Rosario de Amozoc. Y es que hay que cuidar el recinto, porque pudiese ser que, una vez rasurados los generales, la parte de numerados y el ruedo, ya sin tablas y sin gorrones, podría convertirse en el Auditorio Las Brisas.

Con un escenario giratorio pa’ que luzca ‘Bad Bunny’, y en otros días darle usos múltiples: Pista de patinaje sin frío, exposiciones de toda índole, concursos amañados dirigidos por nuestra ‘Miss Universo’, y hasta instituir los jueves Las Noches de Table Dance, al compás del álbum Erótica de ‘Madonna’, con las que las figuras harían el paseíllo en tangas de luces pa’ después cargar la suerte al natural.

Eso sí, se cuidará el trapío —bueno, la percha— pa’ que el público pueda sacar los pañuelos blancos pidiendo el rabo, digo, por aquello de los recuerdos.

De rodillas

De José Alfredo Jiménez, ‘El Rey’, el del sombreroté de charro y el sarape multicolor más grande del mundo —que en sí son su mausoleo—, este apachurra teclas le tomó eso de andaba volando bajo, muy lejos del cielo… Lo que ocurrió al tratar de recetarles a sus fantasmas unos “Doblones”, rodilla en tierra, buscando la bragada con la lengua de la espada (pa’ pincharlos y provocarles un derrote violento), luego enfrontilarlos y, de “Dentro a Afuera”, darles pa’ sus tunas, rematándolos con unas “Ballestillas”. Y ahí fue cuando se vio en posición de genuflexión el aludido.

Y a propósito de una rodilla en la arena, o las dos, pa’ ejecutar algunas suertes del toreo —las que se dan por gusto, por recurso, por temeridad y hasta por necesidad de prender al público— ¡olé y olé!

O hincar una pierna pa’ las chiras pelas… pues suerte con el hoyito.

Pero que por exigencia de la sumisión los fieles tengan que genuflexarse o arrodillarse y besuquearles la mano a los de las sotanas, sean blancuzcos, apiñonados o patas rajadas como ese que tuvo en su ocaso la Plaza México… ¡qué horror!

¿Quiénes se creen que son? Ni que fueran Silverio Pérez con sus manos magistrales después de ‘Tanguito’, a las que honró Jorge Negrete, o Nat King Cole, que a Agustín Lara le besó esas manos capaces de escribir maravillas como: Silverio, Novillero, Fermín… o aquel pasodoble no muy afortunado al que pa’ sacarse la espina le dio un vástago chulapo. ¿Sabe usted cómo lo tituló?

No deseo decir que el longevo estuvo como lagartija, porque eso nos remitiría a ‘Lagartijo’, que fue un inmenso. Por ello lo nombraron el ‘Primer Califa’ de los cinco que a pulso se ganaron ese honroso título regional de Córdoba, España.

Y cómo no recordar que, en Linares, en la ‘Taberna Lagartijo’, se encuentra (o va) la cornamenta de ‘Islero’, que fue lo único que se conservó del toro que se cargó a ‘Manolete’. Esto con sus reservas, porque en el destazadero los tablajeros echaban a un rincón los pitones de toda la corrida —en este caso la de Miura— y no separaron los fatídicos de los otros, pues en aquellos momentos no se pensaba que el negro, entrepelao y con bragas, pasaría a la historia oscura.

Y pa’ no pecar de malinchismo, hay que decir que México alcanzó a tener cuatro ‘Califas’, juntando a los de varias regiones en las figuras de: ‘El Indio Grande’, ‘El Maestro de Saltillo’, ‘El Ciclón’ y ‘El Mandón’. Bueno, hasta aquí, porque el Quinto Califa todavía no nace… o ¿anda por ahí becerreando?

Aquí bien podrían caber, de hecho, dos casos de figuras que, muy quisquillosamente, si acaso les faltó el peso del mando:
‘Pepe’ Ortiz —su toreo se le puede relacionar con la poesía de Ramón López Velarde— y Silverio Pérez —mexicanísimo en su persona y de profundas raíces españolas en su arte… un torero de gran expresión—.
Citas de José Alameda, en su libro
La pantorrilla de Florinda y el origen bélico del toreo, Editorial Grijalbo.

 

‘El Soldado’

Abramos ‘La Casa de la Bandida’, la que estuvo frente al ‘Toreo de la Condesa’, cuya mandona —no madona— lo fue Graciela Olmos, quien le compuso un corrido a ‘El Soldado’, el que ahí se vestía de luces pa’ luego cruzar la calle de Durango, mientras ‘Ámbar’, un parguelas que por las noches se vestía de la aguja, se las ingeniaba pa’ parar el tránsito.

Y la gente gritaba:
—¡Te vas a salar, Soldado!

Y al terminar la corrida regresaba a derramar la marmaja, que era mucha, pues a decir del propio matador fue el que más cobraba en aquella época.

Agregaba Luis Castro que, aunque salió de la miseria, también conoció la suerte, como cuando el empresario metropolitano lo quiso debutar como novillero y le dijo:
—Espéreme un año porque estoy flaco y sin fuerzas
Y lo esperó. (1932)

Y recordaba, dentro de la desgracia, que pa’ él fue el toro ‘Cálao’, de Piedras Negras, el que le pegó aquel femoralazo que requirió de cinco drenes simultáneos. De Casa de la Bandida, aquellas beldades —ligeras como las luciérnagas de la noche, otras frondosas como la primavera—, eso sí, toítas bien torneadas, con carnes macizas, coquetas hasta la peineta, diosas de la seducción y alquimistas de ese aroma atrapador… ¡sí, ellas! le llevaban la comida calientita acompañada de unos fogonazos que, decía, fueron los que le ayudaron a no perder no solo la pierna, sino la vida.

Y a propósito del torero que no nació en Mixcoac sino en Niño Perdido:
—¿Cómo era eso de los “medellines” en ‘Casa de la Bandida’?
—¿De qué número calzas?
—Del seis.
—Entonces, ¿pa’ qué preguntas de los del diez?

Decir que en esa casa de citas —donde no se necesitaba cita sino parné— ‘El Soldado’ presentó a ‘Manolete’ con Agustín Lara, quien a partir de ese momento le fue ilustrando sobre el mapa español. Y pienso que el músico ha de haber orientado al coletudo sobre quiénes daban los mejores “Do de pecho” de aquellas a las que les decía musicalmente: vende caro tu amor, aventurera (la inflación siempre encareciendo los lujos).

A propósito de ‘Manolete’, ¿Cuándo confirmó en la Plaza México?

—Maestro.
—Eso no lo soy, porque nunca he pegado tabiques.
—¿Cuál ha sido el momento más recordado en su vida?
—Cuando sobre mis hombros cargué el féretro de ‘Manolete’.

Gratitud al matador Luis Castro y a doña Gloria Rizo.

 

Extraño ladrar

Don Aurelio Pérez ‘Villamelón’, quien lograra la primera transmisión al alimón con Pepe Alameda desde la Plaza México, contaba aquella fábula del Perro que brincó el Muro de Berlín, que más o menos va así:

—Todo sucedió cuando un perro que estaba del lado comunista decidió saltar al otro lado del muro.
—Y un perro vecino le preguntó: ¿por qué has saltado a este lado?
—Porque extraño ladrar.

Y versando sobre la libertad, ¿qué le van a hacer los puyazos majaderos al empresario? Que en el caso de Mario Zulaica se los lanzan por lo guapo que es (lejía pa’ la envidia), y menos a los dueños de una mole de concreto como lo es la Plaza México, que de todas maneras harán con ella lo que más les convenga, como sucedió con el Toreo de la Condesa, el Estadio Nacional, el Reforma Athletic Club, el Frontón Metropolitano, el Parque Asturias, el Toreo de Cuatro Caminos, el Parque Delta…

Y sobre el inmueble de la Plaza México se cuestiona por ahí el: ¿por qué no han bajado El Encierro y colocado una marquesina luminosa propia de espectáculos? Y referente a las esculturas toreras que bordean la plaza, ¿les darán cuello y pondrán la de algunos metaleros o vedettes? No lo creo, porque ahora todas son anoréxicas y parecen palos de paleta, por lo que ni se verían arriba de los pedestales. Además, ¿pa’ qué meterle lentejuelas a un catafalco?

El derrumbe no será de inmediato, pues su vecino —el estadio de las patas— también correrá la misma suerte, pero esto no será antes del Mundial 2026, donde por solidaridad muy probable caerá la nunca mejor nombrada oncena de los Ratones Verdes, cuya autoría se le debe al maestro Manuel Seyde.

Coincidencias

Coincidencias entre ‘Manolete’ y ‘Joselillo’: ambos fueron españoles, idolatrados en México; los dos llevaban en su apellido el Rodríguez; ambas cornadas se  las dieron en el quinto de la tarde y con la muleta en mano; las heridas fueron en las piernas, y más aún en las derechas; el par murieron en hospitales a los días de haber recibido sus respectivas cornadas; los dos fallecen en 1947; los ternos trágicos de ambos eran color rosa; ‘Manolete’, en su última faena, ejecutó el pase invento del torero cómico ‘Llapisera’, popularizado por el torero serio, y el ‘tabaco’ de ‘Joselillo’ se produce al ejecutar la ‘Manoletina’; los libros póstumos como título solo llevan el nombre de los toreros, ‘Manolete’ y ‘Joselillo’, y fueron escritos por dos figuras de las letras: Filiberto Mira y José Ramón Garmabella.

Y en lo personal, ambos estaban comprometidos respectivamente con ‘Lupe’ Sino y con Aurora Segura, las dos nacidas en España; y otra coincidencia: ambas llegaron a las pantallas de plata.

Y cayendo en lo metafórico, la leyenda cuenta que los bureles ‘Islero’ y ‘Ovaciones’ no mataron a ‘Manolete’ y a ‘Joselillo’. Al primero, por su avaricia, lo sacrificaron el apoderado José Flores Cámara y su financiero Álvaro Domecq Díez, esto porque aquella temporada del cuarenta y siete sería la de la despedida del ‘mártir’; después, a vestirse de pingüino y su fortuna por matrimonio pasaría a su esposa o viuda. Así que, por las circunstancias, se piensa que los susodichos evitaron que la enamorada viera a su amor en el lecho mortuorio y ahí contrajeran nupcias.

Cámara y Domecq se sacaron de la manga que el diestro estaba inconsciente cuando, después de la operación, a las dos horas salió del shock. ¿Y si no? ¿Cómo pidió un cigarrillo?, ¿cómo dijo que le dolía la ingle?, ¿cómo dijo que no veía?, ¿cómo dijo que le dolían los riñones?, ¿cómo lamentó la angustia que sentiría su madre, doña Angustias?, ¿cómo dijo que ya se iba a morir? Todo ello en su lapso de conciencia, antes de que le aplicaran el plasma venenoso, aquel que guardaban desde la II Guerra Mundial.

Y a Laurentino López ‘Joselillo’ se lo cargó ese sector de público reventador de la Plaza México, ese que le gritó antes de la cornada mortal:
—¡Arrímate, payaso!

¡Venga la nostalgia!

Y a estas alturas usted se preguntará: ¿pa’ qué escribir de algunos que ya se palmaron hace tantos años?

Y es que, si no recordamos a los que ya partieron, habría que comenzar por retirar de las pantallas a ‘Cantinflas’ y a Pedro Infante, o la discografía de los enemistados José Alfredo Jiménez y Vicente Fernández, quitándole a quienes no los vieron o escucharon la oportunidad de conocerlos y gozar con ellos.

¿Y qué les esperaría a los animalitos de Walt Disney, el que comprendió y respetó a la Fiesta Brava, de la cual trabó una sólida amistad con Carlos Arruza?

¿Y qué tal el inmenso Juan Gabriel, quien pa’ presentarse en Bellas Artes inspiró su vestimenta en una casaquilla torera, en azabache y oro?

¿Y qué decir de ‘Chabelo’, el gringo de nacencia, que fue tan gran aficionado que hasta una cornada traía en el pellejo?

Y a propósito de niños, un recuerdo de aquella tarde frente al monumento a Manolo Martínez en la Plaza México, cuando llegó un papá con su hijito. Este preguntó:
—¿Quién es?
Y el padre le contestó:
—Un Dios.
A lo que, al escuchar esto, el niño, como resorte, se arrodilló pa’ persignarse.

Y como nos hemos referido a las arrodilladas, viene oportuno aquello de:
“Prefiero morir de pie que vivir siempre arrodillado” —Emiliano Zapata.

 

 ¿Concursos o Caldo gordo?

Los aficionados lo saben, lo saben… canta la ‘Sonora Santanera’ en ‘La Boa’. Y es que todos saben que la capital y algunas otras entidades han quedado viudas por la epidemia del clausuramiento de las corridas de toros.

Tal vez por ello un torero de la línea del pop ha lanzado una imploración que, a ningunos otros espadas, en quinientos años, se les había ocurrido.

Y es darle fuerza a nuestra identidad metafórica de ser descendientes de un águila y de una víbora nopalera. ¿Cómo lograrlo? Pues copando un pentagrama con algo que aluda a una fiesta moribunda como la que aquí se tiene. ¡Ah! Y se está ofreciendo una lana a quien la borde cañona.

Luego, como el trenecito del ‘Chocolate Express’, pero por otra vía, la que se suscribe como ‘Tauromaquia Mexicana’ lanza la iniciativa de la creación de un ‘ensayo’ y ‘cartel’ sobre el tema de los cinco siglos de lidiarse en ¿México?, a lo cual le empezó a dar carrete el finísimo investigador y erudito en arte, don Salvador García Bolio.

Y solo referir, pa’ aquellos que se vayan a echar el trompo a la uña, que, en el caso de lo musical, en esta tierra desde incontables ayeres existen un par de himnos de las inspiraciones de los maestros Agustín Lara y Tomás Méndez… nada más pa’ que les midan el agua a los camotes.

De los ensayistas, ojalá honren con talento a quienes hay que mirar pa’ arriba, por citar algunos iluminados como Juan de Marchena y José Pagés Rebollar. Y pa’ quienes van a calmar sus ansias con lo del cartel, si van a crear una pintura santígüense, primero volteando a ver a los genios Pancho Flores, Antonio Navarrete, Reynaldo Torres…

                                                La Rememoración

Por ahí andan volando alegres serpentinas y confetis que dicen: “Celebración de los Quinientos Años de Tauromaquia en México” (huérfana de madre y de hermanas).

Si México toma su registro como país en 1821, ¿de dónde sale lo de los 500 años?, ¿de alguna escuela o universidad de la 4T?, a bla, bla, bla…

Sea como sea, si andan prendidos a lo que les han contado de esas fechas, ¿Por qué como rememoración no organizan un festejo en Veracruz, que es por donde entraron los primeros toros, o en la plaza de Cañadas de Obregón, en Jalisco, que es la más antigua en estas tierras?

Esto porque en la antigua Tenochtitlan, concretamente en la Plaza del Marqués —que estuvo donde está ahora la Catedral y que se supone fue el sitio donde de inicio echaron capa—, sería un sueño guajiro.

El cartel, sin regateos, con toros de Atenco por su antigüedad; el valor lo pondrían ‘Jerónimo’, con su mexicanidad, y Juan Luis Silis, que es un torero charro; y en representación de los conquistadores, que han sido más que figuras aztecas, el embajador Enrique Ponce…

Y pa’ los puristas que respinguen, ¿Qué tal si se fuman un purito despacito, como el que Roca Rey le propuso al bien alabado Morante?