jueves, 26 de febrero de 2026



Una muestra de lo natural de Donaciano en este ‘natural’ con la capa, 

creado por la naturalidad de César Rincón.

‘Nada de Nada’ 

El Bardo presentó su libro

Don Botello y Páez, su arte

Situémonos en una de esas noches en las que la lunera no calienta, pero incita a la calentura; y pa’ que se nos baje, ejemplifiquemos cómo escriben los extorsionadores de las letras, que a falta de un billetillo o bolillo que les tiren al piso los chulos que castigan, solamente garabatean con desdén eso de que en cierto lugar fue presentado el libro ‘Nada de Nada’, de la autoría del muy frecuentemente aborrecido ‘Burdo’, apodo que le fue endilgado por Leonardo Páez, el autonombrado ‘Hijo del Hombre’.

Sobre el libro, decir que la presentación estuvo llena de pompas de jabón y medias de aserrín con anilina, como era costumbre en el ‘Toreo de la Condesa’ en las tardes de petardos. El show ocurrió sobre las cuatro de la mañana del presente calendario, donde el escribano sorprendió con una portada, lomo y contraportada que de inmediato intrigaron por su transparencia, sin algún óleo o acrílico de los maestros Jorge Matchain, Fco. Álvarez, Ricardo Guevara, Juan Antonio Ruiz, Escamillo Art., que son asiduos en las coloridas presentaciones de libros de la misma reata. 

Los fantasmagóricos de la legua, cuidando las formas como lo hacen los fifiruchos en sus presentaciones color de rosa con sonido de sonajas, que se organizan ellos mismos pa’ auto aplaudirse con sus manitas salidas de entre el tul de sus mangas, caterva que nadita tiene que ver con los reales protagonistas de la sociedad; porque, de ser así, la Fiesta sería totalmente elitista cuando lo es de masas.

 Pero ¡cuidado!: ya se les están colando rémoras sin apellido, sin sangre pura, sin taurinismo, con solo oportunismo.

 En la imaginación se escuchaban languidas gaitas que revivían la musicalización de aquella novela ‘El Fantasma de la Ópera’; sobre ella montada la voz del sereno que recibía al incendiario ‘Demonio de Pasiones’, el que, dicho sea, no necesitaba que le abrieran ‘La Puerta Grande’, pues en eso de puertas era experto, ya que a muchos les cerró la de cuadrillas, no porque les temiera en el ruedo, sino solo porque se le daba la gana.

Y un inciso pa’ recordar cuando ‘El Mandón’ no pudo mandar cerrarle la puerta al oriundo de Zahara de los Atunes, en Iberia, y enfadado preguntó:

—¿Qué tiene ‘Paquirri’ que no tenga yo?

—Es un padrote de siete suelas.

—Banderillea arrasando con todo.

—Y tiene un estoque de fuego.

—¡Ay carajooo!… No entendió el doble sentido.

Mas vaya sorpresa: todas las hojas vienen en blanco. No hay nada que leerles porque no hay nada de qué escribir.

¿Pero qué no se supone que este libro sería una crítica objetiva sobre la Fiesta capitalina, la que ha dado héroes como la albañilería que levantó ‘El Embudo de la Nochebuena’ sin la tecnología del presente; cubeteros y expendedores de almohadillas y pepitas a los que hasta una propina se les ha negado; ídolos como los tres regios —Garza, Martínez y Cavazos— serían un buen ejemplo; figuras tal cual ‘El Zotoluco’ y José Adame, casi los únicos; mártires como José Rubén Arroyo y Arturo Macías, que por fortuna viven pa’ presumir su hombría? 

¡Sí!, sobre de eso trataría la obra, que empezaría por el final, que en la capital está fenecido. 

¿Será que últimamente nos han estado poniendo los cuernos? Y en efecto: No hay nada de nada.

Ya van a dar las cinco de la madrugada. El Bardo, raro en él, está gozoso, pues la presentación se dio sin codazos por agandallarse los bancos del centro, sin faramallas, sin aplausos sacados con tirabuzón, sin melcocha. La retórica, en menos de un minuto: 

¿Usted puede no criticar una Fiesta que necesita de un movimiento, donde tienen un “Presidente Vitalicio”, sujeto a meter el guarache en cualquier momento, como cuando nos serrucharon la Fiesta, y seguir ahí, error tras error? 

Y si a eso le agregamos que ahora los cronistas tienen que recurrir a la novela, los pintores ya no tienen inspiradores, los fotógrafos el trapío en puntas solo lo pueden captar en Insurgentes, Tlalpan o Sullivan, lo que nos lleva a pensar que estamos viviendo una Fiesta de inventores. ¡Cuidemos a los que tienen talento! 

Así de breve, porque los murciélagos en la oscuridad se alebrestan, no como las luciérnagas que llegaron tranquilas desde la dehesa de ‘La Joya’; la lechuza coqueteándole toda la noche a ‘Los Dos Búhos’, los que abrieron el primer hospital de anteojos en los años treinta; ‘La Gata Bajo la Lluvia’, dispuesta a entregarse al menor cite; un aplauso pa’ el sapo que por respeto en toda la madrugada no eructó; el vampiro, que es marqués de Bacardí, preguntó: ¿No nos estaremos engañando pensando que ‘La México’ reencarnará?... Pues eso que nos lo conteste el inmenso Rubén Fuentes con su ‘Flor sin retoño’, donde dice: “esa flor ya no retoña, tiene muerto el corazón”… gemía Pedrito, el de Huamúchil.

Antes de que se nos pase, decir que los meseros charolearon: tostadas de maíz azul con caviar y huitlacoche, acompañadas de ‘París de Noche’, ‘Noches de Pasión’ y ‘Curado de Zapote’.

Esto hasta que llegaron ‘Las Mariposillas de la Noche’ y cada uno se colgó de su alcayata, ya que como no hubo libros que regalar, la casa se puso guapa con los cachuchazos. 

 

                                                           Arte fotográfico: Botello

                ‘Don Botello’ y Páez, rebosantes de arte 

Si usted desea ir tras ‘Las Minas del Rey Salomón’, pues se abrocha su cinturón y a volar hasta la parte baja de Israel, donde se encuentra el Valle de Timna, y ya llegó; pero si lo que desea es dar con verdaderas joyas taurinas, comenzando con las de carne y hueso, pues a sacar la lupa y buscar a los verdaderos atesorados, como el legendario fotógrafo y museografista, el “patzcuarense” Donaciano Botello, hijo predilecto de la Fiesta calé, a la que recién le montó un acto de luces en la Casa de la Cultura de Celaya, Gto.

Pa’ lo cual, en esa ocasión, llevó a su vera, en la cuestión del léxico, a quien no necesita panegíricos: Leonardo Páez, en lo que se tituló como ‘Los Mejores Pintores de México’ (difuntos), más un pintor del Bajío como muestra de que la mata sigue dando; se trató de Juan Antonio Ruiz, pincel sobrado de intensidad a través de sus lienzos.

‘Don Botello’ fue, por decisión propia del ‘Mandón’ Manolo Martínez, uno de sus fotógrafos oficiales de sus hazañas, del que hasta un libro de gran formato le hizo, después de haberlo apantallado con el primer revelado que,  transformado en fotografía, revivía un estoconazo, el que fue cobrado con dinero del azar ganado con las cartas sobre la mesa… así se las gastan las figuras, ambos dos a la par juntos.

Mas la máxima anécdota —que más bien es historia— de este maestro del clic lo fue la tarde que, estando en el callejón de la Santa María de Qro., un toro saltó al callejón y ‘Don Botello’ lo vio lejano a donde él se encontraba y no tomó en cuenta que el burel ya venía a todo galope; y cuando apresuradamente trató de saltar al ruedo, la correa de su cámara se atoró con algo en las tablas del lado interior, quedando su cuerpo mitad mirando al estribo y la otra mitad colgada hacia adentro del callejón, en donde el toro, al verlo, le aventó la cornamenta, abriéndole la pierna a lo lindo en un par de cachos que casi se juntaron, acabalando el medio metro.

Y con la fuerza del testuz el burel mandó a ‘Don Botello’ al ruedo, mientras iba tras él solventando puertas y trancas. Un banderillero le grita: ¡salta!, ¡salta!, pero el maestro fotógrafo ya no podía mover el esqueleto, cuyo forro de carne aventaba sangre a raudales; por lo que el subalterno, en una maniobra llena de milagrería, logró pescarlo del chaleco invernal y con toda la fuerza pudo pasarlo del otro lado, al tiempo que al tercer gañafonazo retumbaban las tablas.

El Dr. Alcocer, como pleonasmo, bordó con arte al arte mismo, después de haber descubierto las dos trayectorias que, si hubiera sido otro menos ducho, hubiéramos escrito un epitafio:

Se fue al cuarto oscuro,

iluminado por lo preciso de sus disparos,

que a buen puerto lo llevaron,

porque donde vivimos es un infierno.

Busque la exposición en internet, donde salen todas las obras exhibidas; le recomiendo las del gitano Jamaica, quien toreaba a la vida dentro de un pomo y por eso sus pinturas son tan pulcras; y además ahí conocerá al hombre que vivió pa’ contarla y fotografiarla a toda velocidad, emulando a Isaac del Toro.


Arte: Gerardo Jamaica

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