En este país donde
lo irreal y lo carente de contundencia ha
llevado a la fiesta a medio nutrirse, lo cual tampoco se logra del todo, dado
que la época de las vacas flacas sigue igual no obstante que se ha tragado
cuando menos tres décadas de burbujas de nada, ahí sigue a la espera de alguna
esperanza o cuando menos de una faena de justicia, recapacito y anulo la
palabra justicia, porque esa el sistema ya la hizo difunta y en lo taurino como
muy pocas plumas y algunas docenas de aficionados solo son los que respingan y
exigen, pues la cosa ahí va como el ‘Caballo
blanco’ con el hocico sangrando, de manera que cuando uno se entera que uno de
los novilleros de esa raza en extinción, porque aclaro enfatizando que una cosa
es ponerse un trajecito de luces monitillo y brillocito y otra muy distinta es
ser novillero.
Y hablando de esos
seres a los que inmortalizó el maestro Agustín Lara, vendría bien preguntarse,
¿se completaría ahora una docenita? Y de los que digamos en el último sexenio
aparecieron de la noche a la mañana pavoneándose como matadores (as) de toros ¿Cuántos
realmente son dignos de ese título?, lo que si es cierto que si alguien me
dijera que Paulo Campero está dentro del grupo de los que se merecen la
alternativa, me permitiría precisar que lo exacto, lo justo, sería decir que es
el que mayormente se la merece.
Era aquel lejano
1999 cuando se tenía un concepto de aprendizaje diferente, el que impartía Don Raúl
Espíndola en la escuela Ponciano Díaz, que se instalaba en el ombligo de la
Plaza México, el maestro había nacido cuando se despertó la década de los años
treinta, en el 31 pa’ ser preciso, tenía mucho más academia que otra cosa y así
se fue abriendo paso hasta coronar en las filas novilleriles una tarde de aquel
año del temblor el de 1957 cuando el Ángel de la Independencia voló o más bien
se desplomo en picada, fue durante ese anuario que Raúl Espíndola se adjudicó el ‘Estoque de plata’, fuimos
vecinos en Merced Gómez.
Ya después por los
rumbos de Portales Don Raúl en su actividad de demoledor de inmuebles, se
acercaba a donde está el altar levantado en honor ‘al Mandón’ Manolo Martínez,
venía todas las tardes por una larga temporada y platicaba de un chavalillo que
a su ver andaría por los diez añitos, se llama Paulo Campero decía con más
brillo en los ojos que con su voz que era pausada, velo a ver entrenar pero nomás
no digas que yo te pase el tip, ese día
el encuentro se dio sin darse, sin que el torero pequeño lo supiera, además de
que la distancia de la fila veintitrés impedía un estrechón de manos, en alguna
libreta apunte su nombre más que otra cosa porque es muy aromático y
corresponde inequívocamente a un torero con percha, seguía preguntando por él y
todo mundo daba razón, porque éste tiene un carisma de ese que no se vende en
las boticas.
Al verle de cerquita
no había duda, es un ¡torero! creo que por compasión a mi vejez me hizo el más
grande honor que he recibido de un toreo, el brindis de un toro, siempre he
tenido la impresión de que no se le ha valorado en todisísima la extensión de
su toreo a la mexicana y lo comprendo porque pa’ hacerlo habría que haber visto
a los muy grandototes los auténticos de la época de oro, a los que por supuesto
tampoco Campero vio y ahí radica la
mitad de su grandeza que torea como los toreros de esa época, sin mácula de
copia porque lo de él es natural.
Tiene tipo, se sabe
torero y lo goza desde que parte plaza silbando de regocijo, trae tatuado en el
cerebro el ruedo, el que lo conoce palmo a palmo, es lidiador completo, se
despatarra como las manecillas del reloj de Granada, ese que da la hora al
ritmo del pasodoble lariano, tiene un
repertorio más amplio que antojitos provincianos, rehiletea a colores, cuadra la muleta como partitura torera y la
lleva de aquí hasta allá, como desde hasta allá ha venido consumiendo la única comunión
que en el toro fortifica ¡la legua!, esa que trae grabada en las suelas y en el
alma, en las noches de la penumbra y en la soledad de la incertidumbre, caminos
y polvorientos senderos que ha surcado montado en la rosa de los vientos, que
lo ha llevado por todos los confines, diez
años entre el lodazal de las puñaladas traperas, las que dan los hombres y también
los toros de media casta, el no conoce los flanes y si las cornadas, los
sufrimientos pero también el sueño inquebrantable de caligrafiar un día su
nombre entre los que han sido toreros de verdad, que son muy pocos pero bien
valen su peso en oro.
En Tamaulipas existe
un paraíso de esos que llaman mágicos y ahí aparecerá en el venidero mes de
julio Paulo Campero, al lado del hijo del más grande Manolo Martínez, para que
una vez que se consume el intercambio de capote por muleta, podamos decir
aquello de ‘La revolución no se ha bajado del caballo, aunque parezca raro…
sigue haciendo justicia’
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